El sueño de “paz en nuestra época” en Medio Oriente murió el lunes

El desfile triunfal de camiones y automóviles se extendía desde el cruce fronterizo de Rafah con Egipto hasta la ciudad de Gaza. Me había subido a la parte trasera de un camión con las fuerzas de seguridad palestinas, no muy lejos del Mercedes negro desde el que un Yasser Arafat con sonrisa radiante hacía el signo de la victoria. Las mujeres gritaban de emoción y lanzaban flores. Los niños, a hombros de sus padres, agitaban los brazos. Niños y niñas corrían junto a la caravana. Era el 1 de julio de 1994: Arafat regresaba a su Gaza natal después de 27 años en el exilio.

Menos de un año después de la firma de los Acuerdos de Paz de Oslo en la Casa Blanca, en ese día caluroso, húmedo y agitado, parecía que el nudo gordiano del Medio Oriente empezaba a deshacerse. La paz en nuestra época.

Fue una ilusión.

Este lunes 14 de mayo de 2018 fue el día en que los últimos vestigios de esa ilusión murieron finalmente.

El mismo día en que las tropas israelíes mataban a más de 50 palestinos que participaban en lo que llamaron la Gran Marcha del Retorno, líderes de Israel y Estados Unidos ignoraban la matanza en Gaza y celebraban la inauguración de la Embajada estadounidense en Jerusalén.

Las pantallas de televisión resumían lo absurdo de todo esto. En un lado de la pantalla, imágenes de gases lacrimógenos, humaredas negras de neumáticos en llamas, médicos en pánico que se llevaban corriendo a los heridos y los muertos. En el otro, estadounidenses e israelíes elegantemente vestidos se elogiaban mutuamente, hablaban de hecho histórico, sin referirse apenas a la locura que sucedía a hora y media de distancia.

Ningún otro día ilustra mejor hasta qué punto este conflicto ha derivado hacia lo absurdo, lo desesperado y lo desconectado.

Bajo el gobierno de Trump, Estados Unidos ha abandonado por completo cualquier atisbo de imparcialidad. Y los palestinos han quedado totalmente abandonados.

Por supuesto, los líderes del mundo árabe han expresado su condena y su ira por el derramamiento de sangre del lunes. El octogenario “presidente” de Palestina, Mahmoud Abbas, recién llegado de un viaje a Chile, donde lo fotografiaron chutando un balón de fútbol, convocó a una huelga general y tres días de luto. ¿Cuántos días de luto, cuántos días de furia, cuántas huelgas generales han organizado los palestinos?

La moribunda Liga Árabe convocó a una reunión de emergencia para discutir la situación en Gaza. Decir que las expectativas son bajas sería de un excesivo optimismo.

Arabia Saudita se unió a la condena, pero nada más de boquilla. La condena árabe está devaluada y no sirve para nada.

Riad, bajo la sombra del liderazgo del príncipe heredero Mohammed Bin Salman, dejó claro que su principal preocupación es Irán. Asustado por una guerra imposible de ganar contra los rebeldes Houthi con respaldo iraní en Yemen, preocupado por el espectro del creciente poder iraní en Iraq, Siria y Líbano, la Casa de Saud considera la causa de los palestinos, tiempo atrás sagrada, como algo pasado de moda.

Si bien no tienen relaciones diplomáticas, Tel Aviv y Riad tienen más puntos en común que diferencias.

Las guerras en Siria, Yemen y Libia, la insurgencia en la Península del Sinaí en Egipto, la amenaza siempre presente de un resurgimiento de ISIS, los problemas económicos y la inestabilidad política han sumido en el ostracismo la causa palestina.

Hoy los palestinos están solos, divididos entre facciones enfrentadas. Todavía hay apoyo emocional entre los árabes de a pie hacia la causa palestina, pero no se traduce en acción. Por ahora.

Los árabes están distraídos, mientras que los israelíes viven en lo que llaman su “burbuja”, la vida en una sociedad moderna y acelerada que los mantiene aislados de la cruda realidad de una ocupación militar que dura ya décadas.

Los más de 2 millones de palestinos hacinados en Gaza no desaparecerán o comenzarán a aceptar su destino u olvidarán los hogares que sus abuelos o bisabuelos perdieron en lo que fue Palestina. Los palestinos en la Ribera Occidental no aceptarán silenciosamente su lento e implacable aislamiento en reservas rodeadas de muros y alambradas.

Puede parecer que no va a cambiar nada. Por ahora. Pero nada sigue igual. Los problemas que se ignoran no se resuelven.

Se cierne una tormenta.

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